SEGUIDORES

lunes, 23 de julio de 2012


6a. LA EXPRESION AFECTIVA


Toda entidad humana maneja una serie de energías, y una de ellas, la emocional, se convierte en una fuerza importante para examinar, debido a que impulsa fuertemente a los hombres a relacionarse bien o mal con sus semejantes. Cada vez que un individuo recibe una impresión, ya sea interna o externa, en respuesta se produce un movimiento emocional interno que toma una forma y un color característicos, los cuales se observan en el Mundo de las Emociones. Lo anterior se conoce como emoción o sentimiento. Sin embargo, el hombre tiene una gran necesidad de expresar esas emociones, de derramarlas sobre cualquier cosa o persona; esto se conoce con el nombre de afecto. Estos últimos se dividen en afectos de atracción o de repulsión. Entre los primeros tenemos toda la gama del amor, la simpatía, la amistad, la benevolencia, la devoción, la admiración, etc. y, en la categoría de los afectos por repulsión, todas las variantes del odio, la antipatía, la enemistad, la malevolencia, el antagonismo, etc.

Si buscamos la causa más profunda que impulsa al hombre a expresar sus afectos, quizás podamos dar una respuesta que satisfaga nuestra inquieta mente. En nuestro pasado evolutivo nos diferenciamos dentro del Creador, por la contracción de su Voluntad, en entidades  aparentemente individuales, en Chispas de la Llama Divina. Esa individualización creó un gran vacío espiritual en el hombre, pues éste se sintió separado de aquello que lo sostenía. No obstante, esa idea es únicamente una ilusión, ya que nunca hemos salido de Dios y en él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. La idea de separatividad causa en el hombre una gran necesidad de expresar y de recibir el afecto, con el fin de encontrar la parte perdida, la cual no es otra cosa que la unión total con la Fuente Original.

 Cada vez que nacemos recapitulamos etapas anteriores de evolución, bien sea en el seno de nuestra madre física o en el de la madre tierra, en las cuales incubamos los vehículos que nos conforman actualmente. Cuando estamos en el vientre de nuestra madre, tenemos sentido de unidad, ya que recreamos esa etapa de la historia en la cual la humanidad estaba inmersa en el seno de la Divinidad y no tenía ninguna sensación de pérdida. En el momento en que nacemos y en los primeros meses de vida, aún estamos en contacto muy cercano con nuestra madre; ella no se separa de nosotros para nada. Durante ese tiempo seguimos con esa sensación de unidad y todas las cosas parecen como una continuación de nosotros mismos. Para un bebé no hay algo fuera ni dentro de él; por el contrario, ese algo que le rodea es parte de sí mismo. Con el paso del tiempo el niño va estableciendo una consciencia de individualidad. Cuando diariamente se le dice “¡no toques eso!, ¡cuidado con las cosas de la mesa! o “no toques a fulano” etc., se va inculcando en su memoria que hay algo que está fuera de él, y en la medida en que la madre le da  mayor independencia, irá ahondando en la creencia de separatividad con todo lo que le rodea. Es precisamente esa creencia lo que ha originado en el inconsciente humano, a través de las edades, una herencia de vacío afectivo o una sensación de ser criaturas carentes de amor. Y el remedio a esas dos erróneas sensaciones se pretende encontrar en la expresión de los afectos.

Debido a lo anterior, el hombre interactúa con los demás, y el juego constante que establece en el dar o recibir, le va mostrando las graduaciones de sus emociones y si es el caso su nivel de evolución. Examina, por ejemplo, los sentimientos internos generados en respuesta a impresiones de lo que está fuera de él; también percibe las simpatías o antipatías que despierta en los demás, el grado de percepción de los sentimientos de otros y su nivel de sensibilidad. Si balancea las simpatías o antipatías que despierta en sus relaciones, quizá puede medir su grado de evolución; si es bajo, las criaturas que lo rodean le producirán generalmente aversión. Si por el contrario está en las filas de los pioneros de la humanidad, los demás seres despertarán constantemente en él una gran simpatía. De igual forma ve que la expresión de sus afectos no siempre es una comunicación honesta, sincera, clara y transparente; no es fácil. En los primeros intentos de acercamiento, la fuerza que se expresa no es la del Espíritu de cada hombre, sino la de sus energías constitutivas, las cuales están en continua fricción. De hecho, cada individuo experimenta una división entre lo que es su Espíritu y lo que son sus pensamientos, sus emociones y sus fuerzas vitales, de tal forma que no siempre lo que el Espíritu siente es lo que se expresa. En el común de los mortales, lo que se irradia es únicamente la fuerza emocional vivida y ésta es una energía que apenas está aprendiendo a manejar el género humano. Unido a lo anterior, la convicción de que estamos separados del resto del mundo altera aún más la expresión del afecto, y esto influye notoriamente en nuestros contactos espirituales, los cuales se limitan sólo a los obtenidos a través de las emociones, los pensamientos o las fuerzas físicas.

Otro factor que impide una expresión correcta del afecto es la memoria. Nosotros actuamos de manera automática motivados por el archivo de imágenes o de emociones, y nuestras reacciones se modifican o colorean por ellas. En el momento en que vivimos una situación determinada inmediatamente recurrimos al archivo del inconsciente y, por asociación, tendemos a reaccionar con el mismo sentimiento con que lo hicimos en una experiencia similar del pasado. Los afectos no escapan a ese proceso automático e inconsciente, y es así que, cuando una persona ha tenido experiencias desagradables muy fuertes con alguien en especial y éstas no han sido procesadas convenientemente, ante el encuentro de la misma clase de individuos, se despiertan quizás sentimientos de antipatía. Si la relación inicial fue de afinidad, la cercanía de individuos parecidos hará que se actúe igualmente de manera simpática. 

Nuestras expresiones de afecto pueden verse afectadas por exceso, por defecto o por tergiversación o enmascaramiento. El exceso se da cuando el individuo, ante el gran vacío afectivo o la imperiosa necesidad de ser amado, trata de buscar una manera de comunicarse excesivamente con aquellos que él desea que le quieran, bien sea una mascota, una familia, una persona del sexo opuesto, la naturaleza, su nación, su gobierno, Dios o la vida misma. Esta clase de personas suelen extralimitarse en el contacto físico y pueden recibir la aprobación o el rechazo de aquel con quien interactúa. Si el otro individuo ha tenido experiencias benéficas en el contacto, será muy bien recibido; si por el contrario sus acercamientos físicos han sido traumáticos, la respuesta será de rechazo, especialmente cuando sienta que están invadiendo su propio espacio.

Una persona con un gran vacío afectivo se apega muy fácilmente a los seres que le rodean, siendo ésta otra señal que caracteriza los afectos por exceso. Generalmente el individuo expresa contantemente su amor hacia los demás sólo con la intención de llenar el vacío interior. Cuando los individuos están presentes y le proporcionan lo que él necesita, se siente pleno y feliz; pero cuando ellos faltan, experimenta nuevamente su vacío interior y esto lo lleva a buscar su cercanía nuevamente. Así continúa su vida; contactos que van y vienen, los cuales lo conducen a un círculo vicioso que le ocasiona dependencia, origen de mucho dolor y sufrimiento.

Podemos concluir entonces que el apego tiene como raíz final un vacío afectivo, que hace que el individuo se acostumbre a una corriente de ir y venir de los afectos, la cual se convierte en una necesidad. Lo anterior también conduce a los individuos a tener predilecciones en la expresión de los afectos. Cuando sólo se ama a los que ofrecen estabilidad, los demás pasan a ser individuos con los cuales no se debe interactuar, pues de ellos no se recibe beneficio alguno. Así toman importancia extrema la familia, los parientes, y aquellos que dan lo que se necesita: comida, sexo, dinero, amor, expresiones afectivas, etc.   

Pero existen otras formas, aparentemente muy buenas, enmarcadas también en afectos por exceso. Por ejemplo, si alguien busca un acercamiento con Dios, excluyendo a una pareja o a la familia, y tiene una gran necesidad afectiva que no se ha sabido asimilar convenientemente, puede habituarse a una comunicación frecuente con Dios, con la única intención de recibir aquello que tanto necesita. Así, cae en una mística desbordada que lo conduce al fanatismo, o a la intolerancia por otras formas de religiosidad. Muchos seres con fuertes vacíos afectivos enrolan las filas de grupos religiosos, dirigidos por seres oportunistas y explotadores que se lucran fácilmente con esos mendigos de amor. El exceso de afecto, por otro lado, puede llevar al soberbio a buscar el reconocimiento como una forma de ser querido. Esta clase de individuos pretenden desarrollar una habilidad que momentánea y aparentemente los ponga en un nivel superior a los demás, y así, al ser admirados, también se sienten queridos. No siempre una persona notoria surge debido a un verdadero deseo de crecimiento, sino impulsado por una gran necesidad afectiva. El constante beneplácito de los demás únicamente ensalza el ego o sea los vehículos que permiten la expresión del Espíritu, de tal suerte que el vacío afectivo del soberbio nunca se llena y el individuo seguirá buscando mayor reconocimiento. Toda su vida se convierte en un reto para subir escalones más altos que los demás, no importa el precio que él o los demás tengan que pagar: hipocresía, ostentación, vanidad, menosprecio por otros, dictadura, etc. Otra forma de afecto por exceso puede llevar a la persona a la lujuria, que es la obtención de placer a través de los sentidos. En el caso de los afectos, toma importancia la voz, la mirada y el contacto físico, especialmente en el plano sexual. Con frecuencia en la calle se ve a muchas personas mirando a otros lujuriosamente, motivados únicamente por un vacío afectivo que se quiere satisfacer. A estos individuos por lo general se les juzga como personas desagradables cuando en realidad están sedientos de la energía del amor.

La expresión de los afectos por defecto es debida a los bloqueos internos, los cuales se originaron probablemente por situaciones no procesadas, por rechazos o por antipatías ocurridas en el pasado. Ante situaciones similares y para evitar nuevamente la sensación de rechazo o la frustración, se inhibe la expresión del amor. Puede ser el caso de niños maltratados físicamente por sus padres o educadores, o niños nacidos en hogares con padres poco expresivos y con temor al contacto físico, o individuos violados en su intimidad, etc. Hay por doquier seres humanos indiferentes a las caricias, otros incluso sienten dolor al contacto físico y a veces se tornan agresivos. En ocasiones a estas personas se les mira mal, se piensa de ellas que son frías, odiosas o calculadoras, siendo en verdad individuos con mecanismos de protección, que usan para no revivir experiencias traumáticas del pasado y que, como escudos metálicos, impiden la expresión adecuada de los afectos.

La tergiversación ocurre cuando el inconsciente, al darse cuenta de nuestra necesidad afectiva y la de los demás, utiliza el arte de la manipulación de los afectos, para saciar los deseos de algo o para recibir amor. El niño es el mejor exponente de este mecanismo. Cuando él ansía algo ardientemente y su madre se opone, entonces la enoja con aquello que la irrita y así llama su atención. La madre, al querer calmarlo, generalmente cede a sus caprichos, proporcionándole aquello que exigió. La melosería puede ser otra forma de manipulación: si me das lo que quiero te regalo un abrazo o un beso. Los adultos no escapan a estos dos tipos de manipulación; incluso algunos caen a merced de la voluntad de otro, con la intención de recibir el amor que aparentemente los llena. Muchos individuos acceden a prácticas extrañas en sus relaciones sentimentales o sexuales, con el fin de tener a su lado a quien ellas creen les proporcionan amor, así sea por breves instantes de tiempo.

Lo cierto es que esta mecánica de los afectos, no nos permite ser auténticos en la expresión del amor. Si fuésemos genuinos, únicamente el amor que surge del Espíritu fluiría en cada momento de la vida, no sólo en el sentir, en el mirar, en el tocar, sino también en toda forma de lenguaje y de contacto con los demás. Esto sería extraordinario; no habría vacíos afectivos en los individuos ni exceso de expresión en los afectos; tampoco existiría defecto en la expresión del amor, porque el archivo de experiencias desagradables de la memoria no manejaría nuestras vidas ni mucho menos coartaría nuestra libre expresión. Ahora bien, si rompemos con la errónea ilusión de separatividad y nos sentimos parte de la Energía Una, de la naturaleza, de la tierra, de la humanidad y de otros seres vivos, entonces nuestro afecto será auténticamente la fuerza del amor que fluye desde la Divinidad, y por siempre estaremos colmados de dicha y de paz, pasando de ser receptores a dadores del amor universal.

Cada individuo debe mirar cómo expresa sus afectos y esta tarea es relativamente fácil. ¿Qué sensación experimentamos cuando despertamos simpatía o antipatía de los demás? ¿Qué sentimos cuando alguien nos toca? ¿Cómo recibimos la expresión de los afectos cuando hay contactos con los familiares, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con personas del mismo sexo, etc.? Examinemos si el contacto que hacemos con los demás es verdadero o sólo busca llamar la atención. El contacto físico puede evocar en el cuerpo sensaciones diversas como temor, rechazo, y a través de ellas podemos descubrir si la capacidad de dar o recibir los afectos se encuentra condicionada por la experiencia. Si hacemos un balance de ese tipo de sensaciones podemos revivir el archivo que existe en la memoria.

Todo lo anterior vale también para nuestra expresión visual o lingüística. La palabra nunca sale vacía ya que esconde tras de sí una emoción asociada. Es bueno aprender a descifrar el tono y el timbre con el fin de descifrar si la palabra lleva odio, amor, resentimiento o cualquier otra emoción. La auto observación es la herramienta que tenemos siempre a mano para ver nuestro interior afectivo y determinar si existen oscilaciones entre el defecto o el exceso y/o el enmascaramiento; así logramos medir el nivel de fluctuación y romper las formas negativas de comunicación amorosa. En ese trabajo de observación diaria no debe existir juicio, análisis ni ninguna búsqueda de explicaciones; simplemente debemos estudiar las expresiones afectivas, aceptarlas y luego trabajar conscientemente sobre ellas, para expresar o recibir correctamente los afectos. De igual forma, debemos romper con la ilusión de separatividad, rescatar la idea de la unidad y permitir la expresión del ser espiritual que mora en nuestro interior. 

 El Espíritu no tiene forma, dimensión ni límites y constantemente podemos sentir las emociones, los pensamientos, o las fuerzas vitales de otros. El Espíritu está por encima de todo y puede romper las barreras de espacio, tiempo y separatividad. Esa realidad, que despierta con el contacto espiritual verdadero, permite ver que todos los seres están dentro de Dios y a su vez eliminar la necesidad de ser queridos. Es así como la expresión afectiva se vuelve completamente desinteresada, libre de exigencias, condicionamientos, bloqueos o inhibiciones. Sólo así encontraremos por fin aquello que ha buscado la humanidad por miles de años: paz interna y externa. 

Los afectos miden nuestro fluir de la energía del amor; la manera como expresamos el afecto es una medida perfecta de cómo nuestro amor fluye hacía la vida misma. Si hay bloqueos y temores para expresar el amor a los demás, ese mismo cerco lo tenemos hacia Dios, porque nuestros semejantes, no son otra cosa que la manifestación de la divinidad. Si las experiencias desagradables con otros nos producen conflictos o distanciamientos, esas separaciones nos indican también conflictos con Dios. Sólo uno como individuo es el causante de esa separación y no tiene su origen en las demás personas. Uno es el sembrador que en el pasado plantó la semilla del conflicto. Para unirnos con la Fuente Original debemos eliminar de nuestra vida las malezas que nos impulsan poderosamente a fricciones con los demás, especialmente con los allegados. Eso se logra con una auto observación diaria. Si así lo hacemos, cuando nos preguntemos acerca de la calidad de nuestros afectos, podremos contestar correctamente si existen bloqueos en ellos o si utilizamos el arte de la manipulación o las otras formas de expresión negativa de los afectos.

De igual manera, debemos hacernos conscientes de que los demás también tienen sus bloqueos en la expresión, pues ellos tampoco se han visto libres de experiencias adversas que los llevan a actuar de determinada manera. Todo aquel que odia es porque ha amado mucho y seguramente no encontró la reciprocidad esperada. El resentido es probablemente una víctima de maltratos pasados. Si logramos la comprensión de que aquel que tiene un bloqueo en la expresión de los afectos, sólo tiene en su interior el dolor, trataremos de ser más tolerantes y comprensivos. Cada vez que entremos en relación con alguien, miremos ante todo nuestra actitud, ya que a través de la interacción descubriremos el lado oculto que no vemos en soledad. La vida misma se encarga de mostrarnos lo que no queremos admitir de nosotros y en los allegados está la clave para saber cómo somos interiormente, pues ellos sólo reflejan ese lado oscuro que no aceptamos. La ley de afinidad que opera en el Universo nos pone en relación directa con aquellos seres que son como nosotros, y ellos deben ser considerados, no para manipularlos, criticarlos o juzgarlos, sino para conocernos interiormente. Los otros tienen algo que nos pertenece y nuestra responsabilidad es descubrirlo.

Cuando hayamos alcanzado el contacto real y verdadero con nuestra fuente divina, el amor no será más una fuerza encadenada y fluirá espontáneamente a todos los seres por igual, sin importar las barreras del sexo, de la nacionalidad, o de la creencias. Todas esas expresiones de exclusividad como el creer que procedemos de familias distinguidas o que tenemos unos hijos especiales a los que debemos amar por encima de los hijos de otros, finalmente dejarán lugar a la idea de unidad con todas las cosas; el amor individual será ilimitado y pasará a cobijar a todos los seres vivos. Si en algún momento de la vida un individuo de estas características se ve separado de sus familiares, no buscará a otros para conquistar nuevamente el afecto, sino por el contrario, será el amor mismo, y éste fluirá de adentro hacia afuera espontáneamente cobijando a todo ser viviente. El amor dejará de ser externo y todos los gestos lo reflejarán: la palabra se volverá armoniosa, la mirada será diáfana, el contacto será real y esas expresiones llegarán directamente a todos los corazones, despertando el amor que yace en el interior de los demás.

José Vicente Ortiz (A.K.)