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jueves, 12 de abril de 2012

EL CULTO A LA PERSONALIDAD


EL CULTO A LA PERSONALIDAD 



Como pudimos apreciar, en el capítulo sobre la ilusión de la separatividad, la mente humana condicionada culturalmente cree que el hombre es un individuo, una persona considerada aisladamente con relación a una colectividad. Esta concepción alimenta la tendencia a pensar u obrar independientemente, sin tener en cuenta a los demás, o ceñirse a normas generales, cultivando un afecto excesivo para consigo mismo, denominado egoísmo.
En su ignorancia, el hombre se considera completamente separado de las demás criaturas, incluso de Dios, actuando como tal y mostrando con sus actitudes un completo desconocimiento acerca de la unidad de toda vida. Esto le hace creerse superior a los demás seres, o desear ser superior a ellos, generando una serie de conductas que en nada benefician al colectivo, extraviándose en ilusorios caminos, a través de los cuales pierde su identidad divina, sumergiéndose en un mundo falso, en el cual se identifica con su cuerpo, con sus emociones o con sus pensamientos, es decir, con su personalidad; desarrolla hábitos, hechizos, vanidades, ilusiones, privándose casi por completo de la luz interna de su realidad, llamada de otra forma Habitante Interior. Bajo estas circunstancias, rinde un completo culto a la personalidad, y sólo busca la realización y felicidad a través de una supervivencia avasallante, del placer sin fronteras, del dominio mediante un malversado poder, o del control ideológico, creyéndose alguien especial, hablando siempre de sí mismo, o de lo que cree que le pertenece como lo mejor. Todo esto, indudablemente, conduce al separatismo y se convierte en una epidemia psicológica que afecta a toda la humanidad, y se transmite de generación en generación, mediante la cultura familiar, regional, nacional y mundial. Cada hombre dominado por esta tendencia individualista, se presume el Rey de la Creación, con todo el derecho de pisotear a los demás y de exigir lo mejor y lo primero, renegando de la vida cada vez que el inclemente destino se opone a sus caprichos.

En este maravilloso proceso de la vida, el plan original determina que el Habitante Interior mantenga siempre el comando de las operaciones. Esto implica que la consciencia actúe en forma permanente, sin que el automatismo dado, por la brecha creada en la mente al retirar la atención de una parte de ella, a la que llamamos el subconsciente, sea dominante. Sin embargo, el proceso de condicionamiento, esa implacable domesticación a la que es sometido el hombre desde su nacimiento, permite que el mecanismo automático haga al ser humano fundamentalmente reactivo. La consciencia real, ese ojo interno del Habitante Interior, se ve opacada por la multiplicidad de programas que son instalados mediante la culturización. Llega un momento en la vida del individuo en el que ha perdido su objetividad, debido a que cualquier observación está viciada por algún programa de información. Se presenta entonces una confusión, un enmarañamiento de la consciencia. La mente suele tomar el comando de las operaciones, junto con las emociones, construyendo una especie de piloto interior al cual la consciencia se somete. Entonces, éste último se encarga de dar las órdenes. Ese comandante de vuelo es llamado el ego. Cuando éste se instala, el ser humano cae en la trampa de creer ser lo que no es, es decir se autoidentifica con el ego, con la estructura, con el equipo de energías y sus programas, y pierde su identidad real como Habitante Interior. El hombre piloteado por el ego cree que es su cuerpo, o sus emociones o su mente. Y una estructura sin control va a donde quiere guiada por su información. Todo lo que hace es recrear y multiplicar sus órdenes y programas, tratando de ejecutarlos a como dé lugar.
A veces, el individuo, olvidándose de sí como Habitante Interior, cree que es el cuerpo físico y que toda la vida se resume a una experiencia biológica, donde el cerebro genera los programas de vida, la energía, los pensamientos y las emociones. Entonces, lo más importante para él es sobrevivir, no importa cómo. Sus intereses están en la obtención de alimento, en la perpetuación de la especie y en la defensa de la vida. La existencia de este individuo da la mayor importancia a lo instintivo. Se siente orgulloso de su cuerpo, de su figura, de su fuerza, de su sexualidad, de su apetito.
Otras veces, el individuo se identifica con sus emociones. Entonces el mundo emotivo y sensitivo cobra la mayor importancia; la obtención del goce emocional se hace importante. La satisfacción de los deseos se convierte en objetivo de vida, y éstos se aumentan en gran medida. Los sentimientos se intensifican, las pasiones se desbordan; se siente orgulloso de sus desvaríos emotivos, de su temperamento, de su altivez, de su lujuria, de sus conquistas afectivas, de su sensibilidad, de sus apegos.
En ocasiones, la identificación es con la mente. La obtención de información, la acumulación de conocimientos, el leer muchos libros, el estudiar asiduamente, el ser culto, el seguir fielmente una creencia, son la meta de vida. El raciocinio, la intelectualidad, es su centro de comando. Se siente orgulloso de sus títulos, de sus alcances intelectuales, de sus ilusiones, de sus creencias. Generalmente es un fanático de algún paradigma convencional.
Muchos de los habitantes de este planeta son comandados por poderosos egos, los cuales varían en cuanto a su punto de enfoque; pero, a medida que la vida avanza, el enfoque se traslada y el hombre termina creyendo que él es su cuerpo, energía, emociones y mente, rindiendo un gran culto a su personalidad. Además, se rinde veneración a la personalidad de los demás. La influencia del ego se convierte en una verdadera epidemia que engloba al género humano. La exaltación de la familia, el nacionalismo y el racismo son una muestra clara de ello.
La actividad del ego se denomina egoísmo y una persona dominada por su ego es un egoísta, uno que rinde culto a su ego. Esta clase de sujetos, bastante comunes en nuestro planeta, son esclavos de sus programaciones. Todas sus acciones son movidas por un interés exclusivamente personal, lo cual los lleva a ser marcadamente separatistas, defendiendo sus puntos de vista con gran fervor, sin siquiera contemplar los de los demás.
El ególatra siempre está exigiendo, tratando de imponer su voluntad, deseando figuración, desafiando, buscando posiciones para gobernar y aprovecharse de los demás. El lo desea todo para sí mismo; no le interesa compartir, pues sus motivaciones están dirigidas por el interés personal. El egoísta es un controlador que siempre está demarcando su territorio físico, emocional y mental, interesado en sus deseos, placeres, conquistas y ganancias, manipulándolo todo, a expensas de los demás, para demostrar su pretendida superioridad. Es muy prepotente, y por lo general quiere ser el que da las órdenes, aunque no tenga autoridad ni rango para hacerlo. Esto lo hace estar ansioso de descubrir un modo de controlar a los demás, para que todo se haga según como él cree que deben hacerse las cosas, pues el se considera el mejor en todo.
El egoísta siempre está llamando la atención sobre sí, y buscará para ello algo en lo cual sobresalir, no con la intención de crecer, sino de ser admirado. Probablemente se hará codicioso y materialista, buscando alcanzar poder a través del dinero. Quizá desarrollará un carácter antipático, pleno de emociones desbordadas, a fin de reclamar atención o para infundir temor. Tal vez deseará encontrar un conjunto de ideas o un grupo, que le hagan presumir ser el poseedor de la verdad, el que todo lo conoce y lo explica, y muy seguramente se convertirá en un fanático de aquello en lo que cree, tratando de convertir a todo el mundo y menospreciando a los que no reverencian su doctrina. Indudablemente se hará muy susceptible y se sentirá herido cada vez que alguien no ceda a sus órdenes, sus deseos o sus teorías. También se hará orgulloso, y se pavoneará enseñando sus triunfos, sus títulos y honores, alegrándose por los fracasos de los demás, encontrando placentero el descubrir los errores de otros para sentirse superior. Esto lo convertirá en un crítico mordaz y destructivo, y en un intolerante incorregible, que todo lo ve a través de su propio colorido, malinterpretando siempre lo de los demás para acomodarlo a su propia versión. Estará tan ocupado en querer mostrarse y sobresalir, que no tendrá tiempo de construir algo realmente digno de ser enseñado, y atacará con vehemencia y envidia a todo aquel que muestre algo valedero, utilizando seguramente el chisme, la calumnia, la mentira, la mala intención, la murmuración y la traición. No conoce lo que es el perdón. Su personalidad es imponente y vive de la adulación, la cual exige, pues de ella se alimenta, para reforzar su falsa seguridad. Se cree absolutamente indispensable en cualquier actividad en la que esté involucrado, y cree que los demás son incapaces de hacer algo valioso sin él.
Y cuando no pueda destruir a su enemigo, se unirá a él para adornarse con sus virtudes y vivir de la satisfacción de logros ajenos, buscando la simulación, con el objeto de destronar silenciosamente a su adversario, pero perdiéndose en pos de falsos valores, y convirtiéndose en alguien diferente de sí mismo, con una máscara tras de la cual es fácilmente visto, pues una falsa virtud se ve como un lunar en una personalidad no cultivada. También se hará admirador de ídolos distantes, de estrellas humanas, especialmente de las que cree que le pertenecen o de las que se asocian con él, con su familia o con su nación, para vivir de glorias ajenas y rellenar su vacía personalidad. Caerá entonces en el mundo del fanatismo nacionalista, que por tantos siglos ha impedido la fraternidad entre los pueblos.

En el sendero de la liberación de todo sufrimiento, es pertinente seguir el rastro del ego, haciendo un esfuerzo grande para tirar el velo que ha opacado la consciencia. El ego constituye una máscara que impide ver la realidad, desde la perspectiva del Habitante Interior, y es uno de los mayores acumuladores de emociones y pensamientos en el cofre de la intimidad, de lo cual podemos inferir que es el principal causante de enfermedad, y uno de los más grandes obstáculos para un crecimiento real. El egoísmo es una gigantesca barrera en las relaciones humanas armónicas, y un alimento permanente para el separatismo, que genera las guerras y conflictos externos e internos.

El egoísmo se convierte en una fuente poderosa que alimenta las emociones negativas. Cual caja de Pandora contiene en sí mismo todos los males del mundo, y guarda las raíces más profundas de la soberbia, la lujuria, la envidia, la pereza, la gula, la avaricia y la ira, en todas sus múltiples facetas, justificándolas por el afecto excesivo a sí mismo. Constituye un oscuro velo que obnubila la visión de la Chispa Divina, haciéndole perder el sentido total de la realidad.

El individualismo fue un paso necesario, herencia del proceso evolutivo. Sus orígenes se remontan al tiempo de la inmersión del Espíritu en la materia, con el objeto de lograr el dominio consciente de los niveles vibratorios más densos del Sistema Solar. Fue propiciado por el tercer aspecto de la Divinidad, el de la creación, con el objeto de que cada chispa lograra la identificación de su poder divino, actuando en lo humano, hasta el punto en el que el segundo aspecto Divino, el Amor, despierte la consciencia de la unidad de la vida.

Esta manifestación egoísta debería ser ya parte del pasado, desde el advenimiento de los Grandes Mensajeros del Amor, sublimes Avatares que han sido los Divinos exponentes de la Sabiduría sempiterna, que nos señaló que ya el tiempo estaba maduro para el despertar del principio de Amor-Sabiduría, latente en cada semilla humana. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos, embriagados en las obnubilantes sensaciones del placer, se han quedado en la hipnótica y obcecada contemplación de sí mismos, rindiendo culto a la temporal personalidad, en lugar de hacerlo a la Divina Esencia, en la cual todas las Chispas Divinas están unidas.

Los caminantes conscientes del sendero de realización entablan con frecuencia duras batallas contra sus personalidades egoístas, sin ver resultados fructíferos a través de los años, aún a pesar de alimentar sus mentes con profundos conocimientos filosóficos, y logrando tan sólo la represión de sus instintos, hábitos, emociones y pensamientos egoístas, incluso por largas edades y encarnaciones, y construyendo, en un equivocado trabajo, poderosas bombas de tiempo que tarde o temprano desencadenan procesos de enfermedad, explosiones de emociones desbordadas, y expresiones de locura que a veces parecen no tener explicación, para las mentes que desconocen la Ley de Causa y Efecto, debido a la salvaguarda de la memoria entre las encarnaciones. La represión de una fuerza jamás conducirá a su control. Sólo la comprensión divina, esa mezcla extraordinaria de Luz y Amor que conduce a la Sabiduría, puede lograr la expansión de consciencia necesaria para dominar al egoísmo. Es a la vez sencillo y complejo como ocurre en toda las paradojas universales, testigos de la Ley de Polaridad. Basta con comprender que la separatividad de las criaturas en tan sólo una ilusión, pues la Vida Una es indivisible. Cada ser es sólo una expresión de la Divinidad, manifestándose en múltiples facetas, para dar lugar al juego de la creación, en el cual Dios utiliza como única materia prima, la Sustancia Raíz Universal, la cual no es otra cosa que el polo negativo de sí mismo. El Universo manifestado es una creación de la Mente Divina, un sueño hecho temporalmente realidad y en el que Dios se recrea en su Eterna Existencia, hasta la siguiente noche cósmica, donde un nuevo sueño surgirá. Así como la luz puede refractarse en un espectro de siete colores, cada uno de los cuales puede extenderse en gamas infinitas, que se confunden con sus vecinas, así el Eterno se manifiesta en diversas e iridiscentes facetas representadas en las criaturas de la existencia. Cada hombre no es más que una forma distinta de Dios desplegándose a sí mismo, pero sin perder su unidad y su universalidad más que en la ilusoria apariencia de la mente humana.
El egoísta muestra, sin lugar a dudas, que en él no ha despertado el aspecto de Amor-Sabiduría que yace profundamente dormido en su corazón. En él no ha nacido el Cristo Interno, el Budha Iluminado, único jinete que doblegará a los corceles impetuosos de la personalidad, para hacerlos ir en la dirección correcta, transportando el carro del Alma en el infinito viaje de la Divina Chispa, la manifestación de Dios. El egoísmo es tan poderoso que se expande en todos los vehículos humanos, haciendo que el Yo Real se haga invidente, y dejando el dominio a la personalidad, la cual, aún en su ciego trono, puede llegar a perder el control de sí misma. Si los tentáculos del egoísmo atrapan al cuerpo físico, éste enferma, pues hay una rebelión donde algunas células no preparadas tratan de tomar el control, trastornándose la fisiología, debido a la alteración del programa de correcto funcionamiento. En el momento en que las emociones se ven inundadas por el egoísmo, todas las bajas pasiones se potencian y controlan a la mente, buscando ser justificadas plenamente, mediante astutas artimañas de la personalidad descontrolada, que sólo ansía satisfacerse a sí misma. Cuando la mente es invadida por el egoísmo, se desencadena el cristalizante fanatismo. Se hace cerrada, falta de luz, esclava de las emociones, se obnubila por las ilusiones, y busca, aún dentro de las creencias más elevadas, su propia satisfacción, maquinando maquiavélicos procesos, que finalmente sólo llevan a la satisfacción por el placer desmedido, disfrazándose con hábitos de santidad o de pureza.
                 
El egoísmo es un dragón de siete cabezas que debe ser derrotado por la espada de Luz del guerrero espiritual, a fin de lograr la reconquista del templo de la personalidad, para que nuevamente lo ocupe el Habitante Interior, transmutando su esencia en Alma, logrando una alquimia verdadera, pues todo lo que construya el egoísmo está destinado a perecer.

¿Cómo podremos matar al dragón? En realidad no hay que matarlo sino transformarlo. Primero hay que reconocerlo, observarlo y descubrir sus estrategias de auto-protección. La auto-observación es la primera clave. Una observación atenta y persistente de tus actos, sensaciones y pensamientos es necesaria para detectar el comando del ego. Así se puede descubrir si tus movimientos corresponden a una búsqueda real o a un simple juego de intereses. Las motivaciones nos dan una idea clara de quién es el que tiene el control de la personalidad, y de si nos estamos identificando con ella. Cuando analizamos nuestros motivos, hay dos que analizan: el Yo Real que trata de imponerse y la astuta mente, viciada por el condicionamiento y el egoísmo, que trata de justificarse y hacerse pasar por el Espíritu. Si descubres el más leve rastro del ego, es necesario tumbar el pedestal de la soberbia, aprendiendo a ser humildes, aunque si irse al polo opuesto, es decir sin menospreciarse; el principio de igualdad de todos los seres puede evocarse para hallar el punto de equilibrio. Es útil, para ello, ser sincero, reconocer tus faltas, y evitar buscarlas en los demás, cultivar el sentido de la unidad de toda vida, perdonar si te sientes ofendido y no inflarte si te loan, hallando la causa real de tu susceptibilidad, hasta que aprendas el arte de la neutralidad frente a ofensas y alabanzas, ser tolerante, desarrollar la gratitud, cultivar el desapego y aprender a ver lo bueno que hay en todos y en todas las cosas.

La aceptación es el segundo paso y nos conduce a incrementar la alerta y a descubrir las estrategias de la personalidad. Debemos hacer un inventario personal completo de todas nuestras facetas egoístas, ya que estos son los puntos donde radica la fuerza del dragón.
El tercer escaño consiste en ejercitar la voluntad, para que pueda surgir de ella una verdadera sed de cambio, que nos permita ver la ruta correcta. Sólo cambiamos cuando en realidad y con gran intensidad interior lo deseamos. Unicamente nos modificamos si verdaderamente lo queremos. Nada ni nadie externo logrará transformar a alguien. A la personalidad solamente le interesan los caminos que la satisfagan, y tiene sus propios mecanismos de defensa, para evitar ser convencida de lo mejor, cuando está atrapada por el egoísmo. Siempre vale la pena, en este paso, considerar si cada nuevo cambio no será una astuta treta del egoísmo para conducirnos a otro sendero de auto-satisfacción. Cuando llegamos a este tercer nivel, ansiamos a la real libertad, aquella que tan sólo se encuentra a través de la verdad, y no en la forma cristalizada de los dogmas.

 La voluntad educada nos conduce a la cuarta clave que es la de la acción recta. El caminante consciente deberá considerar aquí cada paso que da, con el objeto de que beneficie únicamente al Todo. Examinará claramente la motivación de cada pensamiento que le conduzca a la actividad. La acción recta restará poder al egoísmo solamente si está basada en la verdad, en la universalidad y en la divinidad.

El que obra con rectitud accederá al quinto escalón, hasta el altar de su corazón, donde verá resurgir el amor verdadero, que despierta de un largo y profundo sueño.

Una ventana se abrirá en el corazón del caminante y por ella entrará la fuerza del segundo aspecto divino, que lo impulsará de inmediato al servicio desinteresado, el sexto escalón. Allí descubrirá el secreto de compartir, sin esperar nada a cambio, ni siquiera la gratitud, ni el reconocimiento. Encontrará que asistiendo a otros se sirve a la Unidad de la Vida.

Finalmente, después de este largo sendero, llegará al séptimo escaño: la consciencia permanente de la Divinidad en él y en todas las cosas. Ya no deseará pensar de otra manera, y todas las cosas serán vistas como si fueran parte de sí mismo, viviendo en el concepto de la eterna unidad de Dios, y convirtiéndose en un Iniciado, un ser cuya mente está controlada por el Yo Real, y en equilibrio con su corazón, a través del cual fluye la Divina Sabiduría, mediante la facultad intuitiva, no cediendo a los impulsos del deseo, los cuales serán momentáneos y cada vez menos frecuentes.
Es necesario mantenerse alerta porque en este proceso el ego presentará una fuerte resistencia a ser desplazado, y recurrirá a la manía de tu mente de justificarse a través de rebuscados raciocinios y parcializados puntos de vista. No es deseable, en este sendero de realización, el dejarte abatir por el sufrimiento, pero tampoco elevarte en el vacío globo del egoísmo.

La vanidad es corona y estandarte del ego. Si tienes algunos de sus rasgos puedes ir tras la pista del villano. Cuando crees haber alcanzado logros materiales y espirituales que en realidad no has conquistado, si confias en saber cosas que en realidad no sabes, si te sientes capaz de hacer algo para lo cual en realidad no estás capacitado, cuando crees tener cosas que en realidad no has adquirido, si constantemente te alabas y buscas reconocimiento y aceptación, estás en terreno del ego.

Para recuperar tu territorio es útil un sincero cuestionamiento, a fin de determinar con absoluta claridad, a la luz de la verdad, qué es lo que crees que eres y cuál es la altura material y espiritual que has alcanzado, y si es eso lo que proyectas a los demás o estás exagerando. También debes esclarecer qué es realmente lo que sabes. No los títulos que tienes, ni tu recorrido por las aulas del saber, o los libros que te has leído, sino cuánto es de tu real dominio. Igualmente, has de hacer un balance de las cosas que pretendes realizar, de los dominios que deseas conquistar, para saber si efectivamente estás capacitado para esas labores, o tan sólo estás presumiendo. De la misma manera identifica exactamente lo que tienes, lo que en realidad te pertenece. Para esto puedes ayudarte pensando que todas las cosas de las que te crees dueño, todas tus riquezas materiales, intelectuales y espirituales, son una propiedad tuya sólo en la medida en que tu consciencia de la vida es separatista. Pero en cuanto evoques el principio de unidad de toda vida, de universalidad, te darás cuenta de que todo pertenece a todos, ya que la propiedad es únicamente un invento del hombre atrapado por la ilusión de la individualidad, y de que cuando presumes de lo que crees tener solamente te estás luciendo con galas ajenas.

En el camino hacia la libertad es necesario destruir al dragón del ego, pues una naturaleza egoísta esclaviza al Habitante Interior, enmascarando su identidad real, haciéndolo parecerse a un actor que se quedó en el escenario representado una obra teatral, completamente olvidado del artista que lleva adentro.

Progresivamente, mediante este trabajo interior exhaustivo, toda la fuerza del dragón del egoísmo será dirigida a nuevos cauces para alimentar la naturaleza superior del hombre, es decir, a su Yo Real. Un gran egoísta puede transformarse, mediante esta alquimia, en un caminante consciente, en un trabajador voluntario, conocedor del Plan Divino. Todo es cuestión de redireccionar la poderosa energía convocada y acumulada por el ser, durante edades de trabajo inconsciente.

Es importante recalcar que el trabajo de transmutación de las fuerzas egoístas en energías constructivas lleva necesariamente a una desidentificación con la personalidad: mente, emociones, fuerzas vitales y cuerpo denso, lo cual implica necesariamente desapego de instintos, hábitos, impulsos emocionales y condicionamiento mental. El trabajo no puede tomarse a la ligera. Debemos recordar que el conocimiento no es suficiente; sólo es una ayuda. No nos transformamos por creer en algo, así que la tarea es grande. Esto no nos debe desanimar, sino servirnos de parámetro para saber cuanta fuerza espiritual vamos a emplear en ello. La transformación real, hacia una vida consecuente con la Verdad y las Leyes Universales, no depende del tiempo sino de la intensidad con que se trabaje, y ésta depende de cuan decididos estemos para la faena. Nuestro progreso será lento si hacemos las cosas tenuemente y les damos largas, lo cual significa que en realidad no nos hemos decidido a observarnos, aceptarnos y luego transformarnos, porque estamos muy complacidos en nuestros viejos hábitos. También lo será si nuestra actitud es demasiado severa, rígida, dogmática. Esto sólo nos bloquea la mente, ya que la Vida Universal es energía fluyente, movimiento perpetuo. Todo encasillamiento es cristalizante, nos limita en el tiempo y termina por convertirnos en estatuas de sal que se desmoronan con el viento.

Para progresar rápidamente hay que aprender a decidir y ser decisivos. Un río va cambiando constantemente de dirección para adaptarse al relieve, movido por la invisible energía de la gravedad que lo lleva rumbo al mar. Su fluir nunca se detiene. Así debe el hombre adaptarse constantemente a las distintas circunstancias de la vida, mediante frecuentes decisiones, guiado por la invisible energía intuitiva que proviene de su Yo Real, el Dios interno, la Inteligencia Universal que lo lleva hacia el océano infinito de la Verdad, hacia amplios niveles de consciencia, donde puede observar la acción de la Vida Una, cara a cara. Estancarse es perecer. Fluir es crecer, madurar, evolucionar!

José Vicente Ortiz (A. Karim)(Tomado del libro “La Aventura Interior”)