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martes, 13 de marzo de 2012

LA ILUSION DE LA SEPARATIVIDAD

La Religión es una ayuda dada a la humanidad con el fin de guiar al individuo a encontrar su camino de retorno al Padre. Y, ¿dónde está el padre? ¿Cuando se habla de volver, debemos pensar en algún lugar, en algún tiempo o en algún estado de consciencia? Varias son las maneras en que el hombre concibe a Dios, de acuerdo con su nivel de consciencia. La mayoría le creen afuera, en un distante y fantástico lugar llamado Cielo, pero el cual no logran definir en el espacio ni en el tiempo; otros buscan a Dios dentro de sí mismos, y algunos pocos le buscan a través de sí mismos en todas las cosas.

El monismo o concepción de la Omnipresencia Divina y la Divinidad de todas las cosas, es la esencia fundamental de todos los sistemas religiosos, la parte esotérica, lo fundamental, que rara vez es revelado al público, la mayoría del cual acepta una concepción dualista, con la Divinidad fuera de él. Muchos religiosos y seguidores de las religiones afirman doctrinariamente que Dios está en todas las cosas; pero, en la mayoría de los casos, no parecen creer en ello, si observamos sus acciones y rituales. Casi todas las Iglesias construyen Templos que sus seguidores creen un habitáculo divino, un lugar donde la Divinidad reside y a donde pueden acudir multitudinariamente en su búsqueda, para elevar sus oraciones y peticiones.

 El mundo está inundado de capillas, templos y santuarios de piedra. A manera de ejemplo de la aparente contradicción existente entre la enseñanza oculta y la exteriorizada, analicemos las palabras de San Pablo: “En Dios vivimos nos movemos y tenemos nuestro ser”. No significa esto acaso, que el hombre está inmerso en la Divinidad misma? Sin embargo, la mayoría de los que se dicen ser los seguidores de Cristo, han construido múltiples imágenes o iconos de la Divinidad misma, antropomorfizándola y haciendo caer a los creyentes en la veneración y el culto a esas imágenes, lo cual crea en ellos la convicción de que las fuerzas divinas son completamente externas a él y que se encuentran en algún lugar distante, alcanzable sólo por los devotos y los santos. La mayoría de los que oran son enseñados a levantar sus ojos y elevar sus plegarias al cielo, el cual es tomado casi siempre por el firmamento azul de nuestra atmósfera terrestre. Los templos y santuarios están llenos de símbolos e imágenes, que por lo general son colocadas en lo alto, arriba de nuestras cabezas, como queriendo indicar que Dios se encuentra en las alturas, simbolismo que no es fácilmente interpretado por los creyentes, puesto que no ha sido debidamente explicado, y que refuerza en ellos su concepción de un Dios externo, colocado en un elevado lugar del espacio exterior.           

Si bien es sabido que una concepción específica de la divinidad es dada al hombre de acuerdo con su nivel de comprensión, y que muchos seres humanos aún sólo pueden comprender a un Dios externo, tal concepción ya no cabe en la mente racional de aquellos individuos que por su progreso evolutivo han alcanzado un más elevado estado de consciencia. Esto puede crear, y ha creado, una crisis en las creencias. La ciencia se ha encargado de mostrarle al mundo lo ilimitado del espacio exterior, cuya maravillosa infinitud se pierde en el laberinto de nuestra mente. Aquel que con ella escudriñe el universo entrará en contradicción si piensa que existe un Dios con limites, pues si concibe a la Divinidad fuera de él, necesariamente habrá de creer que él está fuera de ella y que por lo tanto los dos se hallan en un espacio diferente. Y si concibe a una Divinidad Omnipresente, racionalmente tendrá que rechazar y ridiculizar el culto a la Divinidad externa, a las imágenes, a los santuarios y a los templos.

Las creencias religiosas requieren con urgencia un replanteamiento de la concepción divina, un rebuscar de la verdadera religión dentro de sus propios archivos, con el objeto de dar a conocer la esencia fundamental de la enseñanza acerca de la Divinidad, ya que la concepción dualista hace que se llenen templos donde a Dios se elevan infinitas peticiones, como si éste tuviera un gigantesco almacén desde el cual provee la satisfacción de los deseos y caprichos del ser humano, manipulado por el momentáneo éxtasis de una fervorosa petición, sin tener en cuenta quien merece o desmerece. ¿A tal oficio podemos reducir a Dios? Si así es, muy bajo han caido nuestras crencias y tenemos más sombra que luz en nuestras consciencias.

Más racional y comprensible es el pensar que la Divina Voluntad, la Universal Inteligencia, que dirige y gobierna todas las cosas en este maravilloso Universo, compenetra toda la existencia, y que todos los seres nos hallamos en su divina presencia, siendo a la vez parte  de ella. El Padre está en todas las cosas, en el interior y el exterior de ellas y, en un amplio sentido, en esta creación infinita no hay un arriba ni un abajo, no hay un adentro y un afuera, cuando hablamos de buscar a Dios. La Vida Una tiene su presencia en cada átomo, en cada mundo y en cada criatura visible e invisible, y se manifiesta en forma permanente en perpetuo movimiento evolutivo.

La presencia divina no es exclusiva de los templos y santuarios, pues Dios no está en un lugar sino en todos los lugares. La percepción de su presencia, el gozo de su riqueza, la participación consciente de su Divina Sabiduría, dependen por entero de nuestro nivel de consciencia y del enfoque de ésta. Percibir a Dios es percibir lo ilimitado, es captar su presencia palpitante viviendo en todo lo que existe. Percibir a Dios implica construir puentes de consciencia que comuniquen todos los niveles de percepción; es despertar nuestro poder de sentir, derribando todas las barreras del tiempo y del espacio. Para encontrar a Dios no hay que buscarlo, sólo hay que percibirlo y esto puede hacerse en cualquier lugar del infinito espacio-tiempo.

Esta misma ilusión de estar separados de Dios obnubila nuestra mente y nos hace creernos separados de todas las cosas; pero, si todo lo existente es una sola esencia de la manifestación divina, omnipresente por naturaleza, entonces no hay separación real. El espacio se convierte tan sólo en una ilusión, debida a la limitación de los sentidos que perciben la realidad. La esencia de la vida es una sola, pues la divinidad es Una, siendo todas las cosas una sola realidad, que vibra de infinitos modos. Esta ilusión de lo separado ha nacido necesariamente de una equivocada identificación con la forma externa a través de la cual vibramos en el mundo denso. La mayoría de los seres humanos creen tener un límite que no se extiende más allá de su piel y sus cabellos. Pero no somos solamente una forma; también manejamos fuerzas vitales, emocionales, pensamientos, ideas y fuerzas espirituales, las cuales no son otra cosa que manifestaciones de sí mismos. Pero ninguna de esas cosas somos totalmente. Sin embargo, éstas sobrepasan el límite de nuestro cuerpo. Las fuerzas vitales pueden comunicarse y trascender la barrera de la piel, a través del espacio físico; las emociones se proyectan al ambiente y pueden ser percibidas y contagiadas aún a grandes distancias. Los pensamientos viajan sin límite y las ideas pueden ser captadas simultáneamente en distintos puntos del espacio y transmitidas en diferentes maneras a kilómetros de distancia, pudiendo viajar incluso, nuestras energías mentales, hasta distantes sistemas estelares. ¿Cuál será entonces el límite de nuestras fuerzas espirituales? Y si éstas apenas son las energías que manejamos, ¿cuál es la dimensión de nuestro Espíritu? ¿Tiene éste un límite o una medida? Si sólo vemos nuestras fuerzas y nos identificamos con ellas, como nuestra única realidad, nos vemos separados de las demás personas y cosas. Si vemos nuestras fuerzas vitales, emociones y pensamientos, los limites se tocan, se compenetran o se confunden, haciéndose comunes muchas de sus energías; si vemos nuestra espiritual realidad substancial, somos en esencia una sola cosa con todos los seres. No hay separación, ni limites. La separatividad es tan sólo una ilusión dada por la corta comprensión que tenemos de nuestra propia realidad y de la manifestación de la divinidad misma.

Tristemente, tal ilusión ha engendrado el egoísmo. La naturaleza inferior ha confundido nuestro siempre existente y persistente llamado a la unidad con el deseo de avasallar el mundo, con el creerse el rey de la creación. La voz interna que nos llama a ser uno con todos, ha sido tergiversada por la naturaleza inferior en un mandato de ser mejor que todos, diferente de todos, más poderoso que todos, y de querer reinar en un mundo donde haya cosas que nos pertenezcan, cuando en realidad nada nunca ha dejado de ser nuestro, pues nunca hemos dejado de serlo todo, ya que en el Todo vivimos inmersos, siendo uno con El. En esencia, Dioses somos, como lo afirma el axioma ocultista, sin límites en el espacio-tiempo, sin diferencia alguna con las demás criaturas existentes, en cuanto a nuestra realidad espiritual. Tan sólo vibramos de modos diferentes y nos manifestamos en facetas distintas que nos hacen parecer disímiles. El hombre, pareciendo Rey es tan pequeño como la bacteria, si lo comparamos con el macrocosmos. La piedra es Dios que duerme, la planta es Dios que sueña, el animal es Dios que siente y el Hombre es Dios que se pregunta acerca de sí mismo. Las diferencias aparentes en vibración, figura, forma y niveles de consciencia, no son más que ángulos distintos, reflejos iridiscentes de un cristal de múltiples facetas llamado la Vida Una, que vive eternamente, sin un comienzo ni un final, si bien teniendo días y noches, despertares y ensueños cósmicos.

Bajo esta concepción, ¿quién puede ser más grande que su hermano? ¿quién distinto? La mente aprendiz nos tiende trampas que velan la visión interna y nos envuelve en ilusiones que limitan nuestra comprensión; meditemos profundamente en nuestra verdadera realidad, pues solo así encontraremos la voz real de nuestro ser y se hará posible la percepción de lo infinito, la percepción de Dios. Entonces veremos a cada criatura como una parte de sí mismos; entonces podremos integrar el observador con lo observado, percibiendo que somos una sola cosa. Sólo así dejara de existir la ilusión de la separatividad y el egoísmo habrá tocado a su límite. Sólo así morirá el dragón a manos de la espada de la verdad del iniciado, alcanzando la añorada libertad suprema, pues únicamente a través de la verdad seremos libres, como lo enseñara el Divino Rabí de Galilea.                                     

Sólo una universal comprensión de lo divino, de la naturaleza de todas las cosas, puede terminar con el separatismo, sombra poderosa de la Hermandad Universal; sólo así los miles de nombres de Dios serán sinónimos y todos los credos podrán ser uno, dejando de ser necesarios los rituales, los iconos, los santuarios y los templos, convirtiéndose cada ser humano, a través del despertar de conciencia necesario, en un sacerdote que oficia permanentemente en el templo de la divina naturaleza, siendo a la vez pastor y oveja. Sólo así verá la humanidad morir la guerra y contemplar la aurora de la paz, que reina en la infinita comprensión de lo divino. Si entendemos que somos la divinidad misma en acción, no nos atreveremos jamás a emitir ni una sola energía, a cristalizar ni un solo acto que dañe a criatura alguna, porque estaremos viendo con claridad que tan sólo nos agredimos a sí mismos, clavando el aguijón en nuestra propia carne. Tendremos entonces la consciencia de que cada ser vibra a un ritmo diferente y va por un sendero evolutivo distinto. Dejaremos de exigir a los demás el que crean, sientan y actúen como nosotros y no trataremos más de imponer credos ni doctrinas, respetando por entero la libertad de pensamiento, la libre voluntad de escoger el sendero más adecuado a cada cual. Veremos también morir la crítica y el desprecio.

Si la consciencia de la humanidad se eleva al punto de lograr la identificación con lo infinito, dejaremos de ser ciudadanos de un pueblo, de una raza, de una nación o de un planeta, para convertirnos en ciudadanos cósmicos. Sólo así no habrá más luchas por banderas, colores, religión o partidos, y cesarán las fronteras y naciones. De otra manera no puede existir la fraternidad universal. Pero, ¿cómo lograr tal identificación? Para esto es necesario atreverse, osar, avasallar las trampas, ilusiones y barreras de la mente, replanteando todas nuestras creencias acerca de lo que existe y buscando una explicación íntima y personal, acorde con nuestro momento evolutivo, con nuestra realidad presente y con nuestra capacidad de saber y comprender. Este trabajo implica un gran desapego por el saber científico, una desidentificación con los antiguos modelos del pensamiento, a través de un programa de descondicionamiento paulatino de la mente, que nos lleve a aprender, a pensar verdaderamente, facultad que estamos olvidando los humanos, manipulados por los intereses consumistas del mundo o por el egoísmo de unos pocos, o tal vez, deslumbrados por la aparente sabiduría mostrada por la vanidad científica o por la soberbia de los que pretenden ser los dueños de la verdad.

El descondicionamiento de la mente rompe el automatismo del pensamiento y de las reacciones emocionales que desde hace millones de años están aliadas a nuestros procesos mentales. Quien se atreva a realizar este maravilloso proceso, descubrirá con sorpresa que lo que él creía ser no es más que un conjunto de modelos mentales y emocionales, heredados de la cultura, y se encontrará a sí mismo con una naturaleza desnuda, que debe ser vestida con los ropajes de la verdad y de la conducta consciente acorde con ella. Dejará de ser un autómata de la vida para convertirse en el artífice de su propio destino.      

La identificación de nuestra realidad divina y de nuestra igualdad con todos los seres y las cosas, trae como resultado una revolución interior, la cual genera el comienzo de un cambio real y verdadero, que debe nacer en cada individuo. Tal revolución fundamental es necesaria en el camino espiritual y precede al trabajo de enseñanza de todo caminante que pretenda cambiar el mundo. Sin esta consciencia de la igualdad esencial y divina, que se convierte en práctica interior y externa, nacida individualmente, todos los sueños de convertir la Tierra en un paraíso de armonía son tan sólo vanas quimeras que conducen a mayor separatismo, a una guerra más que lucha por una nueva creencia que, por carecer del requisito esencial, está lejos de lo universal y por ende no logrará su objetivo de unificación.

El verdadero caminante del sendero espiritual ha de revisar muy bien su concepción de lo divino y, una vez clara su consciencia al respecto, actuar en consecuencia con una visión cósmica y trascendental de la creación. Este es el camino real de la contemplación que conduce a una percepción real de lo divino.

José Vicente (A.K.)