DISCIPULADO No. 32
CONSIDERACIONES SOBRE LA PRÁCTICA ESPIRITUAL INTERNA
La práctica espiritual interna es un adiestramiento que prepara
al discípulo para la recepción de la enseñanza, por parte de su Maestro, o de
la sabiduría de su propia alma. El nivel de la enseñanza transmitida depende de
la receptividad del discípulo. Para aumentar el nivel de receptividad, pureza y
fortaleza de la estructura, cinco cualidades, relacionadas con los cinco
elementos cósmicos, deben ser desarrolladas por el discípulo: moderación en
relación con el elemento tierra, auto observación (agua), autocontrol (fuego),
devoción (aire) y discernimiento (éter o akasha).
La
moderación se refiere al cuidado de nuestro cuerpo físico. Implica el no
abusar de las horas de trabajo, y hacer contención equilibrada de los
instintos, que son impulsos que surgen de la naturaleza animal, como el
procrear, cazar, matar, estar mejor que…, envidiar, competir etc. De igual
manera, transformar los impulsos colectivos que están errados, desenfocados de
las metas reales de la existencia, y que nos mueven a abusar del tiempo y de
otros. Moderación va de la mano de ser práctico, cualidad que equilibra
impulsos, deseos y propensiones.
La auto
observación implica el verse hacia adentro y encontrar los defectos del
carácter, que están motivados por impulsos inconscientes, formados por viejos
hábitos, algunos provenientes de otras vidas, y las semillas latentes de viejos
deseos, que usualmente son generadores de karma. Auto observar es descubrir y
no reprimir. En este ejercicio debe descubrirse la regularidad de los defectos
y hábitos más predominantes, así como su intensidad. Se debe tomar conciencia
de los deseos y aversiones, pues esto nos mantiene en el mundo de la dualidad,
de las preferencias polarizantes y de la inflexibilidad. Permite descubrir las
motivaciones egoístas y las causas.
El
autocontrol consiste en poner un alto a los impulsos, hábitos negativos y
defectos personales. Si bien la auto observación concientiza sobre ellos, se
necesita comenzar a frenarlos conscientemente, pero de manera gradual. Es
gratificante realizar el autocontrol, porque permite que la naturaleza personal
se vaya armonizando con una vida espiritual.
La
devoción es la búsqueda consciente de la presencia divina. No es
ritualismo, no es buscar una religión y ser su seguidor, no es separar los
hechos en sagrados y profanos. Devoción es llamar a Dios, mediante oración
verdadera, cantos o danzas. Es manifestar a Dios en cada instante; es
expresarlo en el día a día; es realizar todas las cosas por Él. La devoción es
el ejercicio de espiritual mediante el cual percibimos un contacto verdadero
con Dios, e implica una intención verdadera, lejos de cualquier intención
material personal. La devoción abre la puerta a la intuición y ella trae
consigo la alternativa de descubrir las señales para hacer lo que está en
consonancia con la voluntad divina. Mediante la devoción hacemos realmente un
llamado a Dios, no para que satisfaga los caprichos de nuestro ego, sino para
sentirnos en su magna presencia.
El
discernimiento es una cualidad del intelecto superior, que está más allá de la
racionalidad de la mente discursiva, lógica y memorística. El discernimiento es
la claridad que se establece en una mente quieta y serena. El discernimiento
lleva de la oscuridad a la luz, de lo irreal a lo real, de lo muerto a lo
inmortal. Y de lo irreal a lo real significa despreciar la ilusoriedad de las
formas de este plan. Ir de lo muerto a lo inmortal significa apreciar la vida
fluyente en cada una de las aparentes cosas de este mundo. Ir de la oscuridad a
la luz significa rasgar el velo, el triple velo de la ilusión, entrar en la luz
de Dios, en la luz de la conciencia infinita.
Estas cinco cualidades, bien desarrolladas, despertarán las fuerzas divinas latentes de los cinco elementos cósmicos, contenidas en los cinco centros espirituales inferiores de tu cuerpo energético. El discípulo tendrá entonces los elementos necesarios para construir una vasija de excelente calidad y de gran capacidad de contención. Una vez preparada la vasija, el agua de vida, el agua de la sabiduría será puesta en ella; una vez construido el templo, la divinidad morará en él; una vez arada y preparada la tierra, la semilla del árbol de la vida será plantada. Sólo si la capacidad de la vasija es ampliada a un alto grado, le serán transmitidas al discípulo las claves de los misterios más excelsos, capacitándolos para bucear en las profundas aguas del océano infinito. Los maestros espirituales verdaderos buscan sólo a aquellos discípulos que están preparados y de verdad buscan diseminar la luz. Los maestros de sabiduría en verdad son atraídos por el brillo de las almas y no por la ostentación de los egos. El verdadero discípulo es aquel que está interesado en disciplinarse, acatando la sabia guía de su Maestro. Jamás será entregada la sabiduría a los necios, ni puesta en el turbio lago de una mente ensombrecida. Ella es como una princesa dormida en una torre, que sólo puede ser despertada por el príncipe espíritu, una vez haya pasado la prueba del corazón ennoblecido, que sólo anhela el amor puro, más allá de las riquezas materiales del reino.
Sólo cuando la intención es pura y la mente clara, la enseñanza
del Maestro llega sin demora y el velo de Maya es rasgado y hecho jirones, que
se lleva el viento del olvido, permitiendo la extraordinaria percepción de lo
real.
El verdadero caminante espiritual practica la moderación
mediante el estricto cumplimiento de las normas justas que han sido diseñadas
por instituciones, comunidades y sociedades para una sana convivencia,
respetando además los diversos sistemas de creencias que han aparecido como
caminos de exploración hacia la divinidad. En cada espacio, sabe ocupar su
lugar. La verdadera moderación se demuestra mediante el respeto, el cual
demuestra el conocimiento de que hay una diversidad de caminos, con diferentes
perspectivas, que igualmente conducen a la cima espiritual. La moderación va
siempre sabiamente acompañada de la prudencia. El caminante moderado expone
cuando es debido, y jamás impone. El moderado es alguien que nunca va a los
extremos, recordando que en la oscilación polar de la dualidad siempre hay un
punto opuesto equilibrante y que el rápido viraje hacia ese polo es lo que le
lleva a la conquista del punto neutro que lo eleva a una dimensión más elevada.
El proceso de auto observación es una práctica que no debe ser
tomada a la ligera. Se trata de ahondar profundamente en el conocimiento de la
estructura del ego. No se trata de una simple práctica de retrospección en la
que emitimos un juicio acerca de nuestros actos y pensamientos. Se trata de la
observación imparcial de los movimientos y mecanismos del ego. Tampoco se trata
de un proceso de justificación de nuestros estados mentales y emocionales, en
los que buscamos un culpable afuera de nosotros. La auto observación es un
ejercicio de percepción interior en perfecta neutralidad. Mediante esta técnica
lograremos darnos cuenta de las múltiples facetas que usa el ego para
encubrirse, y buscar sus propósitos, y de la compleja red de máscaras que nos
llevan a crear múltiples roles que conviven en nuestro interior, y que son
esgrimidos en nuestro contacto con los demás, ocultando la realidad de nuestro
ser.
Con el proceso de auto observación descubrimos que los seres que están a nuestro alrededor son en realidad espejos, ayudantes y disparadores del ego y sus mecanismos, y aprendemos que todo aquello que se precipita en nuestro ambiente es lo que realmente hemos atraído con nuestras actitudes y pensamientos, y llega a nosotros como resultado de la acción de la sabiduría de la naturaleza, de la inteligencia divina, como el mejor recurso que satisface las necesidades profundas de nuestra alma, para deshacerse del ego y de sus fuerzas kármicas. Si nuestra intención es verdadera, aprendemos que en realidad no hay un adentro y un afuera, no ha hay un yo y los otros, sino una unidad sincrónica perfecta. Si buscamos verdaderamente a Dios, él nos mostrará el camino y sus obstáculos, y nos indicará la puerta que conduce al valle de la luz. El que bien se auto observa, poco a poco descubrirá su sombra, y la usará como contraste para percibir la luz.
Con el proceso de auto observación descubrimos que los seres que están a nuestro alrededor son en realidad espejos, ayudantes y disparadores del ego y sus mecanismos, y aprendemos que todo aquello que se precipita en nuestro ambiente es lo que realmente hemos atraído con nuestras actitudes y pensamientos, y llega a nosotros como resultado de la acción de la sabiduría de la naturaleza, de la inteligencia divina, como el mejor recurso que satisface las necesidades profundas de nuestra alma, para deshacerse del ego y de sus fuerzas kármicas. Si nuestra intención es verdadera, aprendemos que en realidad no hay un adentro y un afuera, no ha hay un yo y los otros, sino una unidad sincrónica perfecta. Si buscamos verdaderamente a Dios, él nos mostrará el camino y sus obstáculos, y nos indicará la puerta que conduce al valle de la luz. El que bien se auto observa, poco a poco descubrirá su sombra, y la usará como contraste para percibir la luz.
La auto observación es absolutamente necesaria para deshacer
todas nuestras imágenes idealizadas y nuestras falsas percepciones acerca de la
realidad del ser. Es un ejercicio clave para romper nuestra ilusión de
separatividad, una de las capas más fuertes del velo de Maya que nos impide ver
la realidad absoluta. Mediante esta práctica se desarrolla la verdadera
humildad, que despierta en el corazón la compasión y la misericordia,
disolviendo el caparazón duro del corazón, y llevándonos a más altas dimensiones
de sutiles sentimientos y excelsas percepciones divinas.
Este ejercicio espiritual no es una simple ayuda sino una
necesidad imprescindible en el camino, pues nadie que no haya destruido el
pedestal del ego puede ingresar en la conciencia de las altas dimensiones de la
sabiduría. Si no hay un trabajo sobre el ego, no se ha recorrido ni un solo
paso en el sendero de la espiritualidad. De nada sirven genuflexiones, rezos,
mantras, cantos o rituales si el corazón puro no está puesto en ellos. De nada
sirven miles de afirmaciones acerca de nuestra bondad si la maldad habita en
nuestro interior. De nada sirve la luz si persistimos en cubrir nuestros ojos
con un manto de oscuridad. La auto observación intensiva que deshace el
remolino del ego es el instrumento necesario para lograr la pureza, a partir de
la cual surgirá la devoción genuina, pues si pretendemos presentarnos ante la
divinidad con el manto de la hipocresía, sólo estamos rindiendo culto a la
oscuridad.
El proceso de auto observación suele convertirse en una batalla
campal entre el que observa y sus emociones y pensamientos: Algunos de estos,
especialmente la tristeza, el miedo y la ira, suelen ser etiquetados como
emociones negativas, y surge en el que observa el deseo de huir o desprenderse
de ellas, como si se tratara de una plaga. Al tildar una emoción de negativa,
se le atribuye la categoría de mala, y se supone que debemos evitarla… "No
llores", "no seas orgulloso". Pareciera que tuviéramos que
luchar contra nuestras emociones. Esta es una visión errónea. Debemos saber
escuchar a nuestras emociones y no evitarlas o luchar contra ellas. Huir de
ellas no las aleja, y luchar en su contra la reprime. Con ello, sólo disparamos
un nuevo mecanismo del ego que las oculta. Las emociones tienen una finalidad;
si aparecen es por algo y para decirnos algo. Son una forma de comunicación, un
simbólico lenguaje que trata de hacernos conscientes de algo que está oculto en
nuestro interior. A veces son mantos que cubren otras emociones o recuerdos que
no queremos afrontar. No luches contra tus emociones; sólo acéptalas, escuchas su
mensaje y observa.
Cuando comenzamos un proceso serio de auto observación, se
establece en quien lo practica una batalla interior, en la que parece que dos
grandes capitanes discuten constantemente acerca de lo correcto y lo
incorrecto. Este proceso genera angustia al aspirante y es necesario trabajar
en ello para hacer el proceso con tranquilidad. Dijo el Quijote a Sancho, su
noble escudero, cuando cabalgaban medio adormilados: "si los perros
ladran, es porque caminamos". Si hay guerra interior es porque estás
trabajando y avanzas en el proceso. Si todo está quieto, o bien te iluminaste,
o te has dormido. Las ideas, emociones, cosas y personas que atraemos son
siempre aquellos seres que, por el principio de semejanza y resonancia, hacen
emerger lo que está oculto, tanto la divinidad inmanente como la oscuridad
remanente. Diferentes niveles del alma operan en el ser humano. Cuando los
niveles superiores despiertan, el ego se resiste y combate. La batalla se
expresa en nuestro mundo interno y se exterioriza en el externo. La tarea del
caminante consiste en despersonalizar toda situación, recordando que lo de
afuera es tan sólo un reflejo de lo de adentro. Además, no se trata de hallar
un culpable en alguno de los dos bandos de la contienda. Si hacemos esto, sólo
estamos reconociendo que algo falló, algo que estábamos deseando que sucediera
o no sucediera. Es una muestra evidente de que trabajamos es en espera de un
resultado y ese es el modo de operación del ego.
Recuerda
que la divinidad es perfecta justicia y que no hay víctimas ni victimarios. El
eterno actúa en cada cual para permitir lo que es justo y necesario. El
comprender esto nos lleva a desarrollar gratitud hacia Dios por cada una de
nuestras vivencias, y agradecer todo el tiempo a cada ser que se cruza en
nuestro camino, por lo que aporta al proceso como espejo ayudante y revelador.
Ellos son los emisarios del infinito. El que hace de espejo nos muestra nuestra
propia imagen en polaridad opuesta; lo que el otro tiene es lo que tenemos. El
ayudante coopera para mostrarte una faceta que te es difícil ver, y trata de
hacerlo amorosamente, desde su punto de vista. Generalmente está muy cerca. El
disparador suele ser ocasional, y actúa en forma inconsciente, sin intención;
sus hechos y actitudes disparan a nuestro interior, y despiertan súbitamente
facetas ocultas de nuestra sombra.
Sólo
mediante un proceso de auto observación consciente, logrará el aspirante
levantar el velo de la oscuridad. Maya, el divino velo, la diosa del
ocultamiento, tiene dos hijos: ignorancia y apego. La primera nació antes del
comienzo de los tiempos, con la cósmica misión de ocultar la realidad, para que
el juego de la multiplicidad fuera posible. Obnubiló la conciencia divina con
el brebaje del fruto del árbol del conocimiento, y nos proveyó de cinco
hipnóticos sentidos, para crear una ilusión distorsionada de lo que es. Apego
nació cuando ignorancia, víctima de los aromas de su propio veneno, se sintió
sola y clamó a su madre por compañía. Apego es hijo de miedo, un fantasma de
gran poder, cuyo aliento susurra en nuestra mente que la vida de un alma en
soledad es dura, y la hace incapaz. Miedo es vergonzoso y se cubre con el
disfraz de tristeza, su prima, para ablandar los corazones y atraer el consuelo
que llama compañía y atención. Pero tristeza tiene apariencia endeble, y no
suele ser bien vista, por lo cual se cubre con la capa de ira, su hermana, una
guerrera rebelde que no gusta de reconocer ni la debilidad, ni el error, ni la
derrota. Maya es longeva y no morirá jamás antes que sus hijos y parientes.
Ira, miedo y tristeza siempre van encapuchados, porque no resisten la mirada
directa del alma despierta. Si la miran de frente se disolverán, convirtiéndose
en cenizas que dispersa el viento del olvido. Apego no puede vivir solo y
morirá si miedo fallece, e ignorancia se disuelve en las aguas del mar de la
sabiduría. Entonces, y sólo entonces, Maya no será más, o por lo menos ya no
tendrá poder sobre ti. Saldrás para siempre del ensueño cósmico, y volverás a
tener la conciencia de divina realidad.
El ego es
la fuente del sufrimiento humano. Constantemente hace olas en el mar de la
quietud. Pero las olas sólo existen en la superficie del mar. Sólo allí se
aprecian las temerosas tormentas. En el fondo del océano hay inquietud. El ego es
la superficie de tu océano de infinitud. Sólo en él hay movimiento; sólo en él
hay sufrimiento. En el fondo, en tu alma, reina la hermosa quietud que aporta
el gozo divino. Salta ya del barco egocéntrico que surca las aguas de la
dualidad. Sumérgete en la profundidad de tu ser infinito, eterno, sabio e
imperturbable. El ego jamás está feliz; siempre está incompleto y desea algo
más, para sí mismo o para otros. Su característica es la inconformidad con lo
que acontece, y la manifiesta mediante tristeza, ira, impaciencia, orgullo,
codicia, envidia, ambición, apatía, pereza, libertínismo, deseo de control,
deseo de dominio, victimismo, rebeldía, evasión, miedo. Ser feliz implica
doblegar al ego.
Todos
queremos ser felices pero la mayoría de los humanos desconocen lo que es eso.
La felicidad es confundida con el placer y la comodidad que aportan las zonas
de falsa seguridad, que el ego construye en torno al trabajo, la familia, el
prestigio social, el éxito, la popularidad, el dinero, las relaciones, la
vanidad y el poder. Se confunde el placer transitorio que los sentidos aportan,
con el eterno gozo de la perfecta quietud. Se desconoce o se deja de lado la
conciencia de que todo placer sensorial es transitorio, fugaz y poderosamente
adictivo o empalagoso: siempre necesitarás una dosis más alta para experimentar
el mismo efecto y, si no lo consigues, bien pronto te desesperarás, o te hastiarás
luego de algunos bocados, como sucede con una barra de chocolate.
Para saberse feliz hay que atravesar el territorio del ego y encontrar el hermoso valle de bienaventuranza, que se halla en el interior, en la naturaleza subyacente, cuya esencia es la pureza del alma, el reflejo mismo de la divinidad. La humanidad, en general, permanece dormida, inconsciente de la infinitud del ser y de la existencia de la verdadera felicidad. Aferrados a efímeros sueños y placeres, la mayoría de los humanos mueren frustrados, sin hallar felicidad, añorando algunos un mágico e inmerecido cielo, con el que se premia quizá un último momento de arrepentimiento. Para ser felices es necesario despertar del hipnótico sueño del mundo. Hay que arrojar a un lado las mantas de la ignorancia y el placer, y levantarse con vigor, para afrontar el desafío de ir más allá del territorio de los sentidos y la mente, hacia el insondable infinito que revela la eternidad. La cumbre espiritual es territorio de valientes, de osados guerreros interiores, que aman la verdad, sin espacios para conquistar, más allá de la ilusión del mortal del tiempo, que todo lo mata. Es la dimensión de la felicidad.
Mas no es
fácil liberarse de las cadenas del ego, ni de la cárcel del intelecto. Los
humanos aman sus placeres y sus falsas zonas de seguridad, sin darse cuenta
siquiera de que sus paredes adornadas no son otra cosa que los muros de su
prisión. Confían en que serán felices con sus transitorias conquistas, huyendo
constantemente, mediante la evasión mental, de la idea de la muerte o la
partida de todo aquello que creen amar y a lo cual están agarrados con el
grillete de los apegos. Pero los que saben que el gozo real es tesoro del alma,
los que anhelan sinceramente regresar a la divina conciencia, los valientes
guerreros espirituales y los que saben callar las altisonantes voces del ego y
guardar los secretos del corazón, que se revelan a los justos, sentirán la paz
que irradia la serenidad del alma y que evidencia la felicidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario